Hablar o escribir sobre Enrique Guirola Maldonado es remover las cenizas de un pasado cercano, al que solo se le está removiendo el polvo del olvido y se pretende volverlo a abrillantar y revivir para que se mantenga incólume en su glorioso ayer.

La finca Buena Vista” ubicada en el municipio de San Pablo departamento de San marcos, el 11 de julio, fue el lugar donde vino un niño, rubio, con descendencia Española hijo de don José María Guirola y Yela y doña Manuela Maldonado Rojas.

Es el último hijo del matrimonio y tuvo el infortunio de perder a su padre, cuando apenas contaba con cuatro meses de nacido. De ahí que cariñosamente en el seno Familiar se decía “el Huerfanito” y por eso siempre fue el más mimando.

En varias oportunidades estuvieron entre nosotros sus hermanos: Pedro el farmacéutico de profesión; Ana María muy bella joven, (La paloma le decían los jóvenes de aquí, por que vestía elegante indumentaria blanca); Carlos el hombre serio, paciente y comprensivo. (Don Carlos).

Doña Mela, se trasladó a la capital, después de aquellos acontecimientos  y allí entregó todas sus virtudes de madre, a la formación y cuidado para sus hijos.

Enrique cursó estudios en el Colegio de Infantes, lo cual le proporcionó relaciones amistosas con muchísimos amigos, de familias sobresalientes en la sociedad guatemalteca y posteriormente le fueron de gran valía.

El proceso educativo se vio truncado por dificultades económicas que agravó el terremoto de 1917 que convirtió su casa en escombros.

Y…, entonces: todos a trabajar, porque la situación se convirtió en precaria.

¡Así comenzó la lucha digna para toda la familia!

Enrique, obtuvo empleo como telefonista, en trabajo nocturno.

Volvió para el municipio de El Rodeo, departamento de San Marcos a la Finca “Bola de Oro” como empleado; pero se le prodigaron estimaciones cualitativas por la amistad que mantuvieron sus padres con el dueño de la finca.

Al cabo del tiempo, un año máximo, retorna a la capital y con su iniciativa y el dinero ahorrado, con su amigo de apellido Marsicovetere, instalaron un estudio fotográfico que fue el punto de reunión con los amigos del colegio, donde abundaban las carcajadas y versos, los amores y las flores pero no el negocio. Cerraron esa aventura.

Don Federico Calderón le contrató para atención de  su farmacia, solo por tres meses. Se trasladó a Palencia… y desde entonces, está entre nosotros.

Ahora que ya es octogenario recuerda muy lúcidamente las vicisitudes  vividas para llegar al terruño, pues a Palencia le considera su segunda patria.

En casa de doña Valentina Pérez les proporcionaban alimentación y allí estaba Nayita-cariñosamente le decíamos, pues su nombre es Bernarda Chúa Pérez, con quien más adelante contrajo nupcias y renovaron sus votos de unión a los veinticinco y a los cincuenta años.

Adornan ese hogar: Ana María, Roberto, Enrique, Aura Leticia y Ruth que son una pléyade luminosa.

Enrique Guirola Maldonado ha sido para nosotros un ejemplo vivo en todas las manifestaciones de la vida, como hijo, padre, hermano, esposo y amigo.

Siempre atento para servir, dadivoso, colaborador, justiciero, filántropo, jovial etc.

Antaño integró la corporación municipal, impartió clases como profesor de grado, fue Juez de Paz e Intendente Municipal en distintos lugares, Puerto San José, Ayutla y Palencia integran la lista.

Optó la inclinación por la farmacia y desde su establecimiento sirvió  al pueblo de Palencia con especial entrega, pues muchos niños y niñas ahora ya personas adultas, en alguna forma han recibido el fruto de sus conocimientos y sus experiencias.

Es natural que, en esa existencia polifacética, haya tantísimas anécdotas, algunos ha plasmado en la sección  “De la Vida Real” del periódico  “Atabales”. La veta sentimental y literaria ha motivado a escribir prosa y poesía con su característico estilo.

Es lector consumado y organizador de bibliotecas para el servicio del pueblo.

Los libros en sus manos son joyas preciosas y de uso cotidiano, motivo de encomio y comentario.

Enrique Guirola Maldonado  fue conversador ameno, polifacético y didacta por excelencia, cualidades que ha cultivado con especial empeño.

Ha brindado su apoyo moral y material a todas las causas nobles que componen el espectro social, enfatizando su empeño en la educación, la salud, el civismo y el deporte.

Por todo eso, parece poco al escribir, pero que tienen especial connotación, en más de sesenta años de vida palenciana, se le ha distinguido por esta meritoria labor con medallas y diplomas, reconocimiento muy merecido. En este caso, solo se mencionan el diploma y la medalla que fueron conferidos por la honorable municipalidad declarado “CIUDADANO EXELSO”, con motivos de las celebraciones SESQUICENTENARIO DE PALENCIA COMO PUEBLO. (Temas de la Palencianidad, Everardo Alvizuris Sandoval. pág. 278, 279,280.)

Copiando sus propias palabras:

“Al trote corto de la mula que montaba…

¿Cómo sería el pueblo de Palencia a donde nos dirigíamos?”

La tupida arboleda nos protegía de la menuda llovizna de aquella mañana del 5 de Agosto de 1936: ¡Cin…cuenta… años ha!”.

Había concluido el acto protocolario y con la carta de don Enrrique en la cual me pedía, representarle y recibir la condecoración  y a la vez con el cargo de la junta coordinadora para que procediera de conformidad

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